lunes, 1 de marzo de 2021

PALABRAS FÉRTILES.

 Recuerdo su sabiduría, esa manera mágica de mirar, anticipándose a todas las señales. Sus manos de piel fina como el papel con el que envolvía sus cigarrillos more, esos que fumaba muy de vez en cuando. No tragaba la nicotina solo la dejaba resbalar entre sus labios, mientras su mano delgada y arrugada se movía con esa elegancia de las actrices de los años veinte. Un cigarrillo envuelto en papel de flores de bohemia.

Su traje hecho a medida, no le faltaba ningún detalle y no tenía ni un ápice de tela sobrante, le quedaba como un guante, todas las arrugas estaban en su piel, todas las heridas en su corazón cosidas sin anestesia y con mucho dolor. Ese dolor que tenía en su mirada desconfiada. Esa mirada proyectada por su mente que se clavaba en la tuya. Cada palabra conectaba con cientos de significados llenos de sal, de esa que deja escamas y hace que sus ojos vean a través de un cortinaje blanco, ese que avisa de que el final de la película está cerca y solo  importa ser la  protagonista. Se merece escribir su final, ser esa imagen que cierre el último fotograma.

Me gustaba acercarme a su valentía y a sus miedos. A ese tono de voz profundo, que ya no cambia de criterio, que ya no busca la sorpresa, que ya no espera sensaciones, que no se eriza y no se riza con la humedad de un día nublado de otoño. Esa que no germina con la primavera. Me gustaba entrever en sus palabras y sus silencios. En su pelo blanco en sus claros y oscuros. Todo era un misterio en ella. 

Me hubiera gustado entrevistarla, llenarme de ella, empatizar con todo aquello que le había pasado en la vida, me habría encantado escuchar tanto de ella, hacerme cómplice de su sufrimiento. Quizás así se hubiera ido sin un pasado que arrastró contra viento y marea, con el que supo vivir pero que no le dejó hacerlo con plenitud. Se marchitó en la hoguera de una soledad en la que se encerró y la hizo marchitar, entre las cuatro paredes de un alma castigada, que no supo quitarse sus penitencias.

Cuántas cosas te preguntaría si estuvieras aquí, cuántas cosas me gustaría saber, cuántas...abuela.



lunes, 7 de diciembre de 2020

UN CORAZÓN MARTIR

 No le escuché cuándo me gritaba y suplicaba compasión,

No le dejé expresarse cuándo explotaba dentro de mi

No lo acuné cuando reptaba desangrándose por el dolor

Ni le calmé cuando lloraba sin consuelo agitándose en mi pecho. 

Cerré la puerta de un golpe seco en una súbita apnea que lo colapsó,

Rehuí sus quejas, sus golpes a las rejas que lo encarcelaba sin piedad. 

Tejí capas y capas de aislante acústico para no escucharle,

a pesar de agitarse, retorcerse y bombear con la máxima intensidad

le ignoré, seguí caminando olvidándome de él, escuchaba su voz

distorsionada que se quejaba sin parar, advirtiéndome sin parar. 

Pero mi alma no aceptaba la fragilidad de un órgano tan vulnerable,

le dio la espalda sin piedad y le abandonó cuándo más lo necesitaba. 

la razón se alejó de él. 

Se cansó de sufrir y se dejó llevar por un latido débil y desganado, 

El alma no se apiadó, pero la razón se puso de rodillas sabiendo que 

su existencia dependía de él, pero ya era tarde, estaba cansado, agotado,

desvanecido de tanto luchar. 

Decidió pararse, la razón le suplicó viendo que no había nada que hacer, 

le dio la mano, abandonándose a los designios del corazón 

y pasados unos instantes el corazón de la mano de la razón inició un nuevo latido.

 este marcaría un nuevo destino lleno de fuerza vital.




martes, 1 de diciembre de 2020

EL RÍTMICO PROTOCOLO DE LA EXISTENCIA

 Categóricamente, pormenorizado, sistemáticamente, protocolario, clasificación, metódica y  ajustada.

Ajeno, distante, frío, clasificado, encorsetado, concreto, apuntalado, inmóvil, encapsulado, encasillado.

Rechazado, desubicado, arrinconado, desetiquetado, perdido, despreciado, infravalorado o deshumanizado.

Del suburbio, sin recursos ni armas para defenderse del aturdido desprecio de no pertenecer a nada ni a nadie.

Un ambiente rítmico dónde el tiempo se esfuma a la orden de los miles de relojes, alarmas, campanas, timbres, sirenas que ordenan y maltratan la capacidad del ser humano de detenerse, de huir y recostarse en la reflexión del nada, en la concentración del permanecer, sin ser aturdido por los gritos de las máquinas.

Esas que nos recuerdan lo que tenemos que hacer, y lo que no hemos hecho. Todo en busca de un rendimiento que ahoga como una soga cruzada, que avanza sin lanza pero que apunta sin punta a un corazón social que se funde y se hunde en el querer parar. 

Atropellados, muchos colapsan y mueren en un erte y en un ere de vida que se oculta en la consulta de un médico que manda la calma que no contiene la mente que suma la ruina, que fuma la nicotina del absurdo del burdo mundo de los cobardes que arden en la euforia de lo rutinario, desapercibidos entre un humo que aveces fumo y calo. 

Del que huyo con la meditación que anestesia al amo tirano pensante y materialista que rumia sin freno en busca de algo que calme el ansia de un vacío siniestro que aparece sin parar en un mundo de cuerda que amarra y amodorra.




lunes, 30 de noviembre de 2020

UNAS NAVIDADES SIN SOL

 Eran las cinco de la madrugada cuando de modo natural abrió los ojos, lo hacía siempre a esa hora.

El silencio inundaba todos los rincones de la casa. Abrió el parque de sus perritos que moviendo cola y orejas le daban los buenos días. Se hizo un té con leche y se sentó en su sofá confortable y mullido, ese sofá se adaptaba a todas las curvas de su viejo cuerpo, le abrazaba de alguna manera, se sentía apretada entre sus reposa brazos acariciada por su tapicería suave y aterciopelada. Se tapó con la manta, mientras los dos canes se metían entre sus piernas, al calor humano y textil. Era un calor reversible y de mucho corazón. Se puso las gafas de ver de cerca para ver los whatsapp, las fotos de su hija y sus nietas que están tan lejos, a miles de kilómetros, a muchas horas de vuelo, de transbordos, de avisos de megafonia para embarcar, una nube de ilusión que se extendía por todo el aeropuerto, silenciada hoy por el Covid, maldito virus.

Mientras llega a las fotos de sus nietas en el perfil de whatsapp de su hija, ve todos los mensajes de feliz navidad de amigos, conocidos, familiares lejanos y personas que con el ardiente deseo de felicitar lo hacen a diestro y siniestro, aunque generalmente el espíritu de la simpatía no les acompañe, es fecha de ablandar el corazón de todos inclusive los torpes vitales, esos que tropiezan con las piedras y se paran a cogerlas para ponértelas en tu camino y sentirse integrados por verte tropezar como ellos.

Llega al perfil de su hija, solo tenía una, esa que llenó sus días desde el momento que supo que estaba embarazada en la primavera del sesenta  siete, deseada y soñada, querida hasta el infinito. En su alma llevaba tatuada a su madre y a su hija. La vida te sorprende y te separa de lo que nunca quisiste que te separase. Una oferta de trabajo ambiciosa se la llevó a los Ángeles. Claudia que así se llama, conoció a Mark un profesor de la Universidad de Santa Barbara y se casaron en el año 2000, después tuvieron a Jane y Winnie de diecinueve y dieciocho años. Desde hace siete años vive allí separada de su marido con la custodia de sus dos hijas. 

Este año serán las primeras navidades sin su hija y nietas, sin el pavo con castañas, ni la sopa de marisco, sin la tarta de chocolate, sin la misa del gallo ni el Belén de la bisabuela Pilar.

Lucía miró las fotos mientras se le caían las lágrimas en la pantalla del móvil, sobre la foto de su hija y sus nietas. Le temblaron las manos, acariciando los rostros más bonitos del universo. Mientras sollozaba, miraba una cocina vacía sin movimiento, una nevera sin aliento. Un año antes estaba todo preparado, engalanado el comedor, y en la cocina olía a sopa de cocido, esa que prepara Lucía para devolver ternura a unos estómagos cansados del estrés de un largo viaje. También mezclado con otros olores procedentes de la maceración, de sazonar, rellenar, endulzar y salar...

Le brillaron los ojos recordando la bienvenida del año pasado, en el aeropuerto. Hacía frío pero el deseo de escuchar que el avión de su familia llegaba y aterrizaba por fin calentaba su corazón, una leña que añoraba, un fuego que estaba por no llegar...hasta cuando? Su imaginación duele ahora más que nunca, ese dolor hace arder unos billetes que convertidos en cenizas no verán la luz ni el calor de un hogar que las reclama a gritos. 

Desea con toda el alma celebrar la vida con su familia, hablar con sus nietas hasta tarde, abrazarlas, besarlas, mirarlas con complicidad y con esa maestría que tiene en cada gesto. Contar anécdotas. Esperar que se duerman y poner los regalos que con tanto mimo siempre ha preparado, lazos y más lazos, tarjetas con corazón y letras salidas de lo más hondo, de lo más profundo de su ser.

Entre lágrimas se ha despertado y sabe que su nochebuena y navidad será mirar el cielo, ese que cruzan cada vez que vienen, ese que las separa y las junta. Sabe que es el mismo cielo que verán su hija y sus nietas cuando por el día y la noche pensando en ella miren por la ventana. Sus miradas y besos traspasarán la videoconferencia, la pantalla. Ni lo más remoto puede cegar el brillo de unos ojos llenos de deseo. A pesar de los pesares, es una abuela y sabe que de su entereza depende la de su familia, por eso sonreirá y aunque no tenga la luz de su familia, ella iluminará el mundo, como toda esa buena gente que pasará estas navidades SOLOS. 

FELIZ NAVIDAD 2020 Y FELIZ AÑO 2021



jueves, 29 de octubre de 2020

IRIS Y SU COMETA AVIÓN

 

Iris salió a volar su cometa avión. Lo hacía cuando el día se lo permitía. Ese día hacía un sol dominante sobre un cielo despejado, todo era perfecto o así parecía serlo. Se lo dijo a su madre y salió por la puerta hacia el patio. Sus vecinas jugaban a la cuerda, otras al elástico y un grupo de niños al fútbol. 

Fue soltando cuerda y empezó a elevarse  hasta que poco a poco fue ascendiendo, haciéndose cada vez más pequeña. Iris la hacía danzar en el cielo con la ayuda del viento, un aliado con el que no siempre podía contar, por eso a veces cuando no la podía hacer volar lo hacía  en su pensamiento. Su vuelo dependía de ese hilo que la conectaba y que ella manejaba con mucha habilidad, orientándolo hacia un lado y hacia el otro,  la giraba, y corría detrás de ella. A veces saltaba queriendo ascender a su lado. 

Todos los días se levantaba y la saludaba, la tenía colgada en su habitación, era una proyección de ella misma volando en el firmamento cerca de los límites del cielo. El mejor regalo que le hizo su madre en el día de su octavo cumpleaños. 

Un día de vacaciones de verano salió a volarla después de desayunar, estaba segura de que esa mañana sería perfecta para surcar los cielos. Mientras iba soltando el hilo, sentía la emoción de emprender el vuelo, la soltó y empezó a mover sus brazos y a correr para que llegara lo más alto. En un segundo el hilo se fue deslizando en sus manos apretadas, y sin explicación la cometa empezó a alejarse. Iris  en ese instante no se dio cuenta de que la perdía y sintió que su cometa llegaba más lejos que nunca, iba a surcar las estrellas y de pronto desapareció. Se miró las manos una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. La había soltado sin darse cuenta, se le había escurrido entre los dedos¿ cómo podía ser si la tenía bien cogida en tre sus manos?. Impresionada e intentando seguir la sus ojos la perdieron en el infinito. Repaso una y otra vez lo que había hecho, lo que había pasado, sin explicación  desapareció. 

Fueron muchos los días que quiso mirar por la ventana para verla en el cielo, volando libre junto a los pájaros, cerca del sol, junto a las estrellas pero nunca más volvió. En sus sueños siempre aparecía su cometa avión volando, atravesando el horizonte. 

La cometa llegó para enseñarle el cielo, un inmenso cielo que Iris quería conocer. Hoy sigue soñando con su cometa en sus profundos sueños mientras por el día surca los cielos como piloto comercial.

martes, 27 de octubre de 2020

EL TANQUE


 La explosión destrozó la parte de arriba del tanque. Se escuchó el silencio, las voces intentaban atrapar sus oídos, pero parecían venir de otra dimensión. Su corazón estaba parado y la sangre se pegó a los lados de sus arterias y venas dejando de circular. Parecieron desaparer órganos importantes pero su piel permanecía sonrojada y caliente.  Soltó la mano de su madre, estaba perdido entre tantos cuerpos algunos corriendo y otros tirados por el suelo, huyó y se metió debajo del tanque reventado, se hizo un ovillo temblando, en shock, paralizado.

Escuchó los gritos de su madre y el llanto de sus hermanos,  pero no alcanzaba a verlos. Seguía temblando cuando pareció oír la nana de su abuela Jasmina, tan dulce y melódiosa, esa canción,  le aisló de todo. Entonces se durmió como si estuviera en la mejor cama del mundo. Su respiración era profunda ajena a todo lo que le rodeaba, plácida y suave. Un perro se acercó y lamió su  cara pero siguió dormido nada parecía molestarle. Ni los gritos, ni las ambulancias, ni la policía, ni los llantos medulares, ni la sangre vertida generosamente sobre el suelo.

Una mosca recorría su cara y al parar en su ojo derecho, la espantó con su pequeña mano, de manera instintiva. Abrió los ojos y empezó a ver pies descalzos, botas militares. Un chorro de agua limpiaba la calle. 

¡Amin, Amin.....Amín! No distinguía quien a gritos desesperados le llamaba, hasta que vio las babuchas blancas de su abuelo Akram. Salió a gatas y se abrazó a sus pies, su abuelo lloró y lo apretó en sus brazos queriendo fundirse con él,  para no separarse jamás, solo se tenían el uno al otro.

Solo otra bomba los podría distanciar. Corrieron tanto que no volvieron a escuchar su viento, su cielo, su paisaje y aunque encontraron un nuevo viento, un nuevo cielo y un nuevo paisaje nunca perderían la vida que les quitaron, ya estaba en su sangre, tatuado en sus almas valientes.


martes, 20 de octubre de 2020

El VIENTO SUR

 El Ruido del viento perturba y enajena

Tiemblan los cristales, los pájaros se dan contra las ventanas, creyendo escapar, caen inconscientes en la trampa de lo inesperado.

Escondidos y refugiados padecemos el rumiar imparable del aire en movimiento.

Buscamos escondite, pero nuestros oídos no se esconden, a pesar de cerrar los ojos. Temblamos observando como se acerca cada vez más. 

Igual que los peces buscan el fondo del mar, me introduzco en el mundo interior que me protege y teje mi abrigo, ese que me da comprensión y mece mi aliento sin viento, y respiro, mirando sin ver, veo un paisaje de paz, de calma, de sosiego, de silenciosos aplausos que hacen sonreír mi alma, esa que el viento intenta azotar sin cara, pero desde dentro veo su rostro de furia inusitada. 

Intenta paralizar con sus destrozos, arruinando, grabando su huella cuando se marcha, dejando el silencio del agotamiento, de la extenuación. 

Aquí dentro en la cueva de la introspección, embriagada por el aroma del jazmín que atrapa y endulza, que agota la gota que cae de la comisura de unos labios que se cierran a las palabras.